Gran Señor.
Había
una vez un vagabundo que trotaba en un monopatín. Se desplazaba magnífico por
calles, plazas y callejuelas y le cobraba cuotas al viento. La noche le
regalaba un techo de estrellas y a veces reposaba junto a las márgenes de un
río contaminado. Las sobras de comida de las franquicias le servían de sustento
y a veces veía programas de TV en las vidrieras y escaparates de las tiendas
departamentales. Era feliz, pues le hacía el juego al sistema.

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